El 15 de julio Rayco y yo nos separamos, el canario tiró hacia norte y el catalán hacia el sur.
De Salta fui a Cafayate, 4 horas de viaje en un furgoneta, una parada de 10 minutos para fumar un pucho y hacia las 3 del mediodía en el destino. En la terminal tres relaciones públicas nos ofrecían diferentes hostels para dormir, llegué con la intención de quedarme en el Balcón y finalmente llegó el pibe del Balcón, me monté en la furgona y me acercó al hostel. Me instalé, 30 pesos la noche, y fui a comer algo. En el restaurante del mercado tomé pollo con arroz y un agua, acabando la comida vi como un conocido de Salta, Rulos, llegaba al hostel, me vio, se acercó, estuvimos un rato hablando y se fue. Por la tarde alquilé una bici para ir a ver las cascadas del río Colorado, a unos 6 kilómetros de distancia. Agarré la bici, empecé a pedalear por un camino amplio de ripio y una suave pendiente que me cansó muchísimo. El último tramo lo hice caminando, con la bici a cuestas, me dio por girarme y vi como se acercaba corriendo un pibe, se paro a mi lado y empezamos a charlar, le dije que iba a las cascadas y se ofreció a acompañarme. Dejé la bici en una casa e iniciamos el camino a las cascadas. Suerte que iba con guia porque sino seguro que me perdía. Por el camino nos encontramos a una pareja de argentinos perdidos y se engancharon a nosotros. Vimos las cascadas, muy bonitas, subimos un cerro y bajamos por detrás. Buen rollito con los argentinos, no paramos de charlar y después me acercaron al pueblo, pinché la rueda de la bici y pensé que tenía gafe. Por la noche conocí a dos navarros y tres chicas argentinas, estuvimos charlando y al rato me fui a dormir, la caminata de la tarde me había agotado.
Al día siguiente desayuné y fui a ver unas pinturas rupestres que hay en la zona, pasé de alquilar una bici y fui caminando, mucho mejor. Llegue a los 45 minutos, un chavalín me acompañó a lo que quedaba de las pinturas rupestres junto a la pintada de algún argentino gilipollas, le di dos pesos y unos chicles y me fui. De vuelta a Cafayate me encontré con los navarros y las argentinas, tomamos unas empanadas como aperitivo y más tarde comimos chivito al horno, y por la tarde excursión. Por 50 pesos te hacen un recorrido por la quebrada de las conchas, una autentica pasada, como la de Humauca, pero más espectacular y pequeña. Las montañas son de colores, rojas por el óxido del hierro, blancas por la arcilla, amarillas por el azufre y verdes por el cobre. Visitamos la Yesera, el anfiteatro y la garganta del diablo (parece que cada zona que se precie necesita tener una garganta del diablo).
Mi último día en Cafayate desayuné, hice la bolsa, pagué y me fui a las ruinas de Quilmes. Esperando el micro tomé un café y charlé con el camarero. Me monté en el micro y en una hora estaba en el desvío a las ruinas, dejé la mochila en una tienda de artesanías por dos pesos y empecé a caminar, al rato me levantó una familia y me acercó a Quilmes. Los indios Quilmes dieron mucha guerra a los españoles, estuvieron luchando décadas y una vez derrotados y sometidos los obligaron a ir a Buenos Aires caminando, los que llegaron se instalaron en la ciudad y formaron el barrio de Quilmes. El poblado está situado en la ladera de un cerro donde vivían en tiempos de paz y cuando venían los españoles subían a la montaña a verlos llegar, así estuvieron años y años. Las ruinas las vi rápido, fui caminando hasta el cruce y a hacer dedo, me pasé 3 horas hasta que me levantaron, acabé de leerme Factotum, fumé unos cuantos cigarros y pensé en mi mal kharma, creo que ahora pararé a mas autoestopistas.
La pareja de Rosario me llevo hasta Amaicha, un pueblito lindo donde quería pasar la noche, pero la espera me hizo cambiar de idea. En el pueblo busqué la oficina de turismo, tras unos cuantos intentos y diversas indicaciones fui a la terminal, compre un boleto a Tafí del Valle y en el bar de delante comí una milanesa, bebí una Salta negra fresquita y charlé con un argentino. El trayecto a Tafí fue más pesado de lo que esperaba y al llegar sobre las nueve hacía mucho frío y niebla. Pregunté en la terminal por un hostel que me habían recomendado y al cabo del rato conseguí encontrarlo. Me instalé, duché (me dijeron que me diese prisa porque el gas se congelaba por la noche) y pregunte por algún sitio donde comer. Justo delante del hostel había una viejita que servía comidas, pedí locro y me dio tres raciones, dos las comí por la noche y la otra para desayunar, la gente alucinaba.
En Tafí del Valle estuve una noche y una mañana, es un pueblito de montaña donde la clase alta de Tucumán se escapa los fines de semana, hay una avenida comercial donde hay tienditas, restaurantes y unas galerías, parece lindo pero pasé de quedarme más tiempo.
San Miguel de Tucumán es la capital de la provincia, tardé unas cuatro horas en llegar y lo primero que hice fue visitar la oficina de turismo donde estaba el viejito más tranquilo y pausado que he visto en Argentina, después de 30 minutos me había explicado los puntos más interesantes de la ciudad e indicado un hostel. El Hostel Tucumán está en la calle Buenos Aires, a diez cuadras de la terminal y a siete del centro, lo localicé sin problemas, me instalé y fui a dar una vuelta. La idea era llamar a unas chicas de Tucumán que conocí en Tilcara y salir la noche del sábado, pero no las localicé, compré el último libro del maestro de los best sellers de intriga, John Grishman, que me costó una pasta y volví al hostel. Empecé el libro y vi un rato la tele, ponían Gladiator en versión original, compré una cerveza y me puse a ver la peli, en un momento me quedé solo, me estiré en el sofá de piedra del comedor y me quedé dormido. Al despertar la peli había acabado, fui a la habitación y seguí durmiendo.
Al día siguiente me desperté pronto y descansado, desayune y fui a dar una vuelta por la ciudad. La ciudad es muy urbana, con un centro bonito y unos cuantos edificios históricos interesantes. Visité la casa histórica de la Independencia donde los gobernadores argentinos declararon la independencia a la Corona Española. La casita la reconstruyeron hace unas décadas porque se encontraba en un estado lamentable, estos argentinos tienen poca consideración hacia sus monumentos históricos, por suerte la sala donde declararon la independencia es la original. Después visité la catedral, compré el Clarín y lo leí tomando un café en una cafetería. Al acabar me encontré con unos vascos que conocí en Salta, me enganche a ellos y pasamos el resto del día juntos, comimos, charlamos y nos despedimos. A las siete salió en colectivo a Mendoza.
De Salta fui a Cafayate, 4 horas de viaje en un furgoneta, una parada de 10 minutos para fumar un pucho y hacia las 3 del mediodía en el destino. En la terminal tres relaciones públicas nos ofrecían diferentes hostels para dormir, llegué con la intención de quedarme en el Balcón y finalmente llegó el pibe del Balcón, me monté en la furgona y me acercó al hostel. Me instalé, 30 pesos la noche, y fui a comer algo. En el restaurante del mercado tomé pollo con arroz y un agua, acabando la comida vi como un conocido de Salta, Rulos, llegaba al hostel, me vio, se acercó, estuvimos un rato hablando y se fue. Por la tarde alquilé una bici para ir a ver las cascadas del río Colorado, a unos 6 kilómetros de distancia. Agarré la bici, empecé a pedalear por un camino amplio de ripio y una suave pendiente que me cansó muchísimo. El último tramo lo hice caminando, con la bici a cuestas, me dio por girarme y vi como se acercaba corriendo un pibe, se paro a mi lado y empezamos a charlar, le dije que iba a las cascadas y se ofreció a acompañarme. Dejé la bici en una casa e iniciamos el camino a las cascadas. Suerte que iba con guia porque sino seguro que me perdía. Por el camino nos encontramos a una pareja de argentinos perdidos y se engancharon a nosotros. Vimos las cascadas, muy bonitas, subimos un cerro y bajamos por detrás. Buen rollito con los argentinos, no paramos de charlar y después me acercaron al pueblo, pinché la rueda de la bici y pensé que tenía gafe. Por la noche conocí a dos navarros y tres chicas argentinas, estuvimos charlando y al rato me fui a dormir, la caminata de la tarde me había agotado.
La pareja de Rosario me llevo hasta Amaicha, un pueblito lindo donde quería pasar la noche, pero la espera me hizo cambiar de idea. En el pueblo busqué la oficina de turismo, tras unos cuantos intentos y diversas indicaciones fui a la terminal, compre un boleto a Tafí del Valle y en el bar de delante comí una milanesa, bebí una Salta negra fresquita y charlé con un argentino. El trayecto a Tafí fue más pesado de lo que esperaba y al llegar sobre las nueve hacía mucho frío y niebla. Pregunté en la terminal por un hostel que me habían recomendado y al cabo del rato conseguí encontrarlo. Me instalé, duché (me dijeron que me diese prisa porque el gas se congelaba por la noche) y pregunte por algún sitio donde comer. Justo delante del hostel había una viejita que servía comidas, pedí locro y me dio tres raciones, dos las comí por la noche y la otra para desayunar, la gente alucinaba.
En Tafí del Valle estuve una noche y una mañana, es un pueblito de montaña donde la clase alta de Tucumán se escapa los fines de semana, hay una avenida comercial donde hay tienditas, restaurantes y unas galerías, parece lindo pero pasé de quedarme más tiempo.
San Miguel de Tucumán es la capital de la provincia, tardé unas cuatro horas en llegar y lo primero que hice fue visitar la oficina de turismo donde estaba el viejito más tranquilo y pausado que he visto en Argentina, después de 30 minutos me había explicado los puntos más interesantes de la ciudad e indicado un hostel. El Hostel Tucumán está en la calle Buenos Aires, a diez cuadras de la terminal y a siete del centro, lo localicé sin problemas, me instalé y fui a dar una vuelta. La idea era llamar a unas chicas de Tucumán que conocí en Tilcara y salir la noche del sábado, pero no las localicé, compré el último libro del maestro de los best sellers de intriga, John Grishman, que me costó una pasta y volví al hostel. Empecé el libro y vi un rato la tele, ponían Gladiator en versión original, compré una cerveza y me puse a ver la peli, en un momento me quedé solo, me estiré en el sofá de piedra del comedor y me quedé dormido. Al despertar la peli había acabado, fui a la habitación y seguí durmiendo.
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